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     TECNOLOGÍA
-Semiótica y traducciones: ¿Quién hará las traducciones en el futuro? El hombre o las máquinas?

¿Podrá la tecnología incorporar todas las particularidades del lenguaje, incluidas aquellas de origen semiótico?

Ésta es una pregunta relacionada con la semiología, la ciencia que considera al idioma un producto social, cuya unidad mínima de comunicación, el signo (la palabra), conlleva un sentido (el concepto/función) y un significado. De este modo, según la semiología las palabras forman parte de un código y, debido a esto, reflejan costumbres, supersticiones, creencias religiosas o simplemente la cultura material de la comunidad que habla un cierto idioma.

“Aunque las traducciones automáticas pueden, aún de modo ineficiente, ayudar en la traducción de textos, eso no significa que la tecnología tenga posibilidades reales de reemplazar a la traducción humana", afirma Lincoln Fernandes, especialista en inglés y lingüística aplicada de la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC). “Es posible usar a las tecnologías como un modo de obtener una traducción más rápida, pero creer ciegamente en ellas es un riesgo que los más precavidos no están dispuestos a correr. Al final de cuentas, en el mejor de los casos, siempre será necesaria la revisión de un humano para corregir expresiones, develar ambigüedades de sintaxis o de vocabulario o revisar el contexto de la traducción", explica Lincoln.

Además, a diferencia de otras formas de conocimiento, el lenguaje humano presenta una paradoja: aunque es un sistema de reglas, unidades y valores utilizados por una comunidad y, como tal, presenta un carácter fijo y estable, evoluciona, y en ese proceso adquiere y elimina elementos y reglas. “Todo lo que sucede tiene una influencia sobre el idioma, lo cual afecta a su estructura gramatical y fonológica”, asevera el lingüista francés André Martinet en su libro “Lingüística y Significado”.

Tal es el caso de los neologismos, los cuales implican la creación de una palabra o expresión nueva o la atribución de un nuevo sentido a una palabra ya existente. No obstante, muchos idiomas no tienen la estructura necesaria para aceptar este tipo de fenómeno. "Algunas sociedades reaccionan de modo desfavorable frente a la introducción de términos extranjeros y prefieren recurrir al diccionario y combinar elementos para resolver la situación", explica Martinet. “Por ejemplo, la estructura del modelo lingüístico es tal que una palabra polisílaba extranjera no puede reemplazar a otra. Los chinos están acostumbrados a interpretar y atribuirle significado a cada sílaba, algo que claramente es imposible para una palabra como electricidad. La forma de hacer eso es sustituir el término extranjero por uno construido combinando elementos locales".

Claramente, este ejemplo es relevante para cualquier idioma. En portugués, la palabra “saudade” (algo similar a “añoranza”), no tiene una traducción exacta en español. Los guaraníes no tenían conocimiento del beso como costumbre social y, para denotar este nuevo concepto, hicieron uso del verbo “hetû” (oler) y de la palabra “yurumboyá” (boca pequeña), para crear la nueva palabra: “yeyurumboyá”. Y así son las cosas. “En otras palabras, la tecnología ayuda, pero no reemplaza a la complejidad del pensamiento y del lenguaje humanos; al menos, no por ahora".

La última generación de computadoras, el acceso ilimitado a Internet y las herramientas modernas para captura de voz e imagen provocan controversias sobre el futuro de objetos como los libros, periódicos o televisores, y a la vez generan varios interrogantes sobre el destino de la traducción, como por ejemplo si, en última instancia, ésta podría extinguirse debido al éxito de los traductores automáticos.

Traducción automática: los orígenes

Creada a comienzos de la década de 1940 por el inglés Andrew Booth y el estadounidense Warren Weaver como una forma de obtener información estratégica sobre las posiciones militares de los soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial, la traducción automática fue la primera aplicación no numérica para computadoras en ser implementada en el campo de la informática. En ese momento, la calculadora científica tenía una cantidad suficiente de datos como para realizar traducciones palabra por palabra, pero no podía manejar cuestiones sintácticas o lexicográficas.

Los científicos realmente se entusiasmaron con las grandes posibilidades que permitía este nuevo campo. Para ellos, sólo bastaba agregar ciertas descripciones gramaticales y alguna que otra palabra para que el mecanismo lograra la perfección. Pero esta suposición demostró estar equivocada y al mismo tiempo ser un poco naif, y los traductores automáticos sólo recuperaron el interés de los investigadores en 1980, con el resurgimiento de la informática y del procesamiento computarizado de los idiomas con diferentes bases gramaticales.

Hoy en día, Google Translator es el traductor automático más usado en todo el mundo. Es capaz de traducir cualquier texto a 52 idiomas y contiene un banco de datos gigante, que actualizan sus innumerables usuarios. Incluso hay estudios que prevén la inclusión de reglas gramaticales con el fin de que pueda dominar aún mejor los idiomas.

No obstante, desde el punto de vista cualitativo, la traducción automática de los seis idiomas occidentales principales: alemán, francés, español, portugués, inglés e italiano, aún se limita a un 35% de eficiencia en la escala Bleu. Actualmente, los resultados de la traducción automática permiten comprender un texto de modo general, pero los errores obvios de interpretación frustran la velocidad de lectura. El objetivo de los desarrolladores de esta herramienta es lograr un nivel de satisfacción del 65%.

El debate acerca de la tecnología en el mundo de las traducciones no es nuevo. Tal vez, continúe durante varios años, ya que la tecnología no es capaz de desarrollar mecanismos que permitan una inclusión eficaz de todas las particularidades del lenguaje que resultan necesarias para obtener una buena traducción y, sobre todo, una buena traducción técnica.

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